
El Perro agradece infinitamente a Carlos Mamonde por esta nota, creada exclusivamente para el blog, así como a Elena Vinelli, el nexo para que esto fuera posible.
Todo empieza con una anécdota narrada por Daniel Moyano en una entrevista a fines de los años ochenta, que reproducimos:
“Los primeros siete años de exilio no pude escribir nada. Había perdido toda capacidad expresiva. Lo que intentaba escribir era visceral, patológico, mezclado con pesadillas... que terminaban en un cuartel, no podía escribir porque todo lo que escribía estaba prendido a esta desesperación. Hasta que intenté la re-escritura de El vuelo del tigre, que yo había escrito en La Rioja. Cuando me detuvieron, Irma enterró el original en la huerta, porque si los militares leían además de saquear no me soltaban más. Un cura amigo le dijo a Irma: Hagan desaparecer ese manuscrito. No había copia. Hice una reconstrucción del manuscrito. Cuando volví a La Rioja, los que vivían en la casa habían volteado la higuera, pusieron césped, una pileta de natación... Andá a saber qué pasó con el original".
En la novela El vuelo del Tigre hay una poderosa intuición, un "foreshadowing" estremecedor, que refleja cómo la inteligencia poética de Daniel le permitía leer entretelas de la Historia que muchos analistas hegelianos no veían...y ahora parece "fácil" encomiarlo, pero debemos enfatizar que comienza a escribirla unos 20 meses antes del golpe de 1976. Y en la intrahistoria del utópico Hualacato -metáfora de la Argentina toda- está descripto, en un tono minimalista y aterrador en sus detalles, el efecto de la entrada de "los salvadores de la Patria" en el espacio político nacional y -más perversamente aún- adentro del espacio espiritual y moral del imaginario de todos; de toda esa generación argentina y de varias otras que han quedado afectadas, a un lado y otro de la tristes trincheras. Pero no quiero acotar demasiado la lectura de esta novela en su registro político, que es muy rico, y ha sido ya sobradamente releído por varios críticos. Me interesa enfatizar en cambio la capacidad de Moyano para una autoironía y humor negro muy propios del ser argentino y universal, hoy, en la posmodernidad. El espacio de Hualacato, como el del praguense Castillo kafkiano, es una tierra devastada donde no se avizora ninguna sorpresa ante el nuevo absurdo que destructura todo...y más aún no hay espacio, ni una miaja, para aquel "Principio Esperanza" del que nos habla Bloch (para no derivar hacia zonas religiosas, que no eran de la preferencia moyanesca; aunque si lo fuera la cuestión del debate teológico, muy matizado por esa mirada suya tan apta para valor la inestabilidad de lo real, la ambigüedad de lo real, la inhumanidad de lo real). No hay sitio en la iluminación del "Vuelo..." para la esperanza ni para ninguna especie de "salvación"...sólo resta el deterioro cotidiano y minucioso del ser en el campo experimental de la sevicia; su abismarse en los laberintos cotidianos de la materia (y no precisamente de un materialismo marxiano, sino de un materialismo grosero del dolor de los cuerpos y de la miseria de la interacción de hombres muy rebajados a bestias).
Este era el contenido de aquella primera escritura del Vuelo... enterrada en el jardín de su casa por la familia de Moyano cuando él estaba preso ("secuestrado" es el término correcto por la ilegalidad en que se producían aquellas detenciones dictatoriales) en la carcel riojana.Y no hay contradicción entre el valor de un espíritu que se atreve a ver cara a cara al terror y el miedo positivo por la seguridad de su mujer e hijos (y la suya propia) que Moyano siente. Los testimonios, la letra residual, de sus visiones tienen que ser soterrados.No hay poder en la sociedad civil para sostener aquellas palabras, qué sólo pueden atraer la malicie de los inquisidores criollos; aquellos que en su estolidez llegaron incluso a censurar al Principito de Saint Exupery.Y Moyano prefiere matar al texto. Un texto ilegible y -en su pequeña tumba- cegado por el humus y la arena, es un texto muerto. Se vuelve a cumplir la percepción de Walter Benjamín: sólo un cuerpo muerto es inaccesible al Poder.
Mucho tiempo después, en la luz de Castilla, Moyano se enfrenta a la necesaria tarea de resucitar aquel texto, que ya sólo pervive en su memoria. Y cómo es escritor y no taumaturgo , la resurrección resulta difícil y costosa. Porque también Moyano había entrado en el silencio de un largo duelo.Años de duelo hasta poder recuperar la capacidad de sostener la enunciación de una frase; mutilado como estaba incluso de los hipertextos del entorno histórico,material, de los niveles de su habla linguïstica rioplatense...que habían quedado no enterrados pero si ahogados por miles y miles de millas marítimas y miles de lágrimas.Y tengo para mi que, nuevo Pierre Menard, Moyano no "recuerda" mecánicamente esta novela sino que vuelve a escribirla sobre el 'pattern' que atesora en su alma. Y esa escritura le permite varias felices correcciones y addendas.He leído los dos textos, el perdido y el reconstruído, y en mi imaginación los veo como sosias...pero se (y es una alternativa mejor) que la escritura española es superadora, para suerte de sus lectores y la historia de la literatura argentina.
Como una vez dijo Romeo frente al cadáver imaginario de Julieta Capuleto, aquella única vez Daniel pudo decir: ¡Oh, Muerte...dónde están tus banderas!. Y reconfirmó la mirada nietzscheana que descubre que el lenguaje es la cadena de oro que nos permite, a través del ser de la literaturiedad, entrar y salir del no ser de la muerte. Miguitas en el malvado bosque de Hansel y Gretel...hilo del oro de las guedejas de Ariadna entre las piedras circulares de Minos.
Este era el contenido de aquella primera escritura del Vuelo... enterrada en el jardín de su casa por la familia de Moyano cuando él estaba preso ("secuestrado" es el término correcto por la ilegalidad en que se producían aquellas detenciones dictatoriales) en la carcel riojana.Y no hay contradicción entre el valor de un espíritu que se atreve a ver cara a cara al terror y el miedo positivo por la seguridad de su mujer e hijos (y la suya propia) que Moyano siente. Los testimonios, la letra residual, de sus visiones tienen que ser soterrados.No hay poder en la sociedad civil para sostener aquellas palabras, qué sólo pueden atraer la malicie de los inquisidores criollos; aquellos que en su estolidez llegaron incluso a censurar al Principito de Saint Exupery.Y Moyano prefiere matar al texto. Un texto ilegible y -en su pequeña tumba- cegado por el humus y la arena, es un texto muerto. Se vuelve a cumplir la percepción de Walter Benjamín: sólo un cuerpo muerto es inaccesible al Poder.
Mucho tiempo después, en la luz de Castilla, Moyano se enfrenta a la necesaria tarea de resucitar aquel texto, que ya sólo pervive en su memoria. Y cómo es escritor y no taumaturgo , la resurrección resulta difícil y costosa. Porque también Moyano había entrado en el silencio de un largo duelo.Años de duelo hasta poder recuperar la capacidad de sostener la enunciación de una frase; mutilado como estaba incluso de los hipertextos del entorno histórico,material, de los niveles de su habla linguïstica rioplatense...que habían quedado no enterrados pero si ahogados por miles y miles de millas marítimas y miles de lágrimas.Y tengo para mi que, nuevo Pierre Menard, Moyano no "recuerda" mecánicamente esta novela sino que vuelve a escribirla sobre el 'pattern' que atesora en su alma. Y esa escritura le permite varias felices correcciones y addendas.He leído los dos textos, el perdido y el reconstruído, y en mi imaginación los veo como sosias...pero se (y es una alternativa mejor) que la escritura española es superadora, para suerte de sus lectores y la historia de la literatura argentina.
Como una vez dijo Romeo frente al cadáver imaginario de Julieta Capuleto, aquella única vez Daniel pudo decir: ¡Oh, Muerte...dónde están tus banderas!. Y reconfirmó la mirada nietzscheana que descubre que el lenguaje es la cadena de oro que nos permite, a través del ser de la literaturiedad, entrar y salir del no ser de la muerte. Miguitas en el malvado bosque de Hansel y Gretel...hilo del oro de las guedejas de Ariadna entre las piedras circulares de Minos.
(*) Carlos Mamonde es argentino, nació en Córdoba en 1950. Su vida osciló entre Córdoba, Buenos Aires y La Rioja. Actualmente reside en Madrid, es psicoanalista y profesor de Literatura en el Instituto Universitario FOG de Toledo. Publicó Gestos en los ojos de un perro, La vida como era, El Largo Viaje del Angel (Cuentos), Objetos, residuos y agonías, Una rosa tumbada por el polvo (Poesía), Borges:el castigo de la imaginación (Ensayo), José de San Martín y el plan continental (Ensayo histórico), entre otros. Fue traducido al sueco y al italiano.