viernes, 15 de abril de 2011

Incipit XXII (Cuentos)

La gente no debería dejar espejos colgados en las habitaciones, como tampoco debería dejar abiertos talonarios de cheques o cartas en las que se confiese algún horrible delito. Era imposible no mirar, aquella tarde de verano, el gran espejo que había fuera, en el vestíbulo. El azar así lo había dispuesto. Desde las profundidades del sofá, en la sala de estar, se veía reflejado en el espejo italiano no sólo la mesa de mármol que había enfrente, sino también un trozo de jardín. Se veía un largo sendero de hierba que discurría entre macizos de altas flores hasta que el marco dorado del espejo lo cortaba en una esquina.

(La mujer ante el espejo: un reflejo, Virginia Wolf)


Hace de esto once años. Viajaba por la región agrícola que se dividen las provincias de Córdoba y de Santa Fe, provisto de las recomendaciones indispensables para escapar a las horribles posadas de aquellas colonias en formación. Mi estómago, derrotado por los invariables salpicones con hinojo y las fatales nueces del postre, exigía fundamentales refacciones. Mi última peregrinación debía efectuarse bajo los peores auspicios. Nadie sabía indicarme un albergue en la población hacia donde iba a dirigirme. Sin embargo, las circunstancias apremiaban, cuando el juez de paz que me profesaba cierta simpatía, vino en mi auxilio.

(Un fenómeno inexplicable. Leopoldo Lugones)


Las tres volvemos a casa empolvadas, yo, la pequeña doga y la perra de pastor flamenca. Ha nevado en los pliegues de nuestras ropas. Yo llevo charreteras blancas; en la cara chata de Poucette se funde un azúcar impalpable, y la perra de pastor centellea toda, desde su puntiagudo hocico a su cola semejante a una cachiporra. Salimos para contemplar la nieve, la verdadera nieve y el verdadero frío, rarezas parisienses, ocasiones, casi imposibles de encontrar, de final de año. En mi barrio desierto, corrimos como tres locas, y las fortificaciones hospitalarias, las calumniadas «fortis» presenciaron, desde la avenida de Ternes al bulevar Malesherbes, nuestra jadeante alegría de perros en libertad.

(Ensueño de año nuevo. Colette)


¡La había amado desesperadamente! ¿Por qué se ama? Cuán extraño es ver un solo ser en el mundo, tener un solo pensamiento en el cerebro, un solo deseo en el corazón y un solo nombre en los labios... un nombre que asciende continuamente, como el agua de un manantial, desde las profundidades del alma hasta los labios, un nombre que se repite una y otra vez, que se susurra incesantemente, en todas partes, como una plegaria. Voy a contarles nuestra historia, ya que el amor sólo tiene una, que es siempre la misma. La conocí y viví de su ternura, de sus caricias, de sus palabras, en sus brazos tan absolutamente envuelto, atado y absorbido por todo lo que procedía de ella, que no me importaba ya si era de día o de noche, ni si estaba muerto o vivo, en este nuestro antiguo mundo. Y luego ella murió.

(La muerta. Guy de Maupassant)


No recuerdo por qué mi hijo me reprochó en cierta ocasión: -A vos todo te sale bien. El muchacho vivía en casa, con su mujer y cuatro niños, el mayor de once años, la menor, Margarita, de dos. Porque las palabras aquellas traslucían resentimiento, quedé preocupado. De vez en cuando conversaba del asunto con mi nuera. Le decía: -No me negarás que en todo triunfo hay algo repelente. -El triunfo es el resultado natural de un trabajo bien hecho -contestaba. -Siempre lleva mezclada alguna vanidad, alguna vulgaridad. -No el triunfo -me interrumpía- sino el deseo de triunfar. Condenar el triunfo me parece un exceso de romanticismo, conveniente sin duda para los chambones.

(Margarita o el poder de la farmacopea. Adolfo Bioy Casares)

viernes, 1 de abril de 2011

Kafka: dudas y sospechas

Jorge Aloy









Franz Kafka, ficciones y mistificaciones

Josef Cermak

Emecé Editores, 2008. 227 páginas Traducido del checo por Jitka Mljnkova y Alberto Ortiz.


El escritor checo Josef Cermák (1928), uno de los fundadores de la "Sociedad de Franz Kafka" de Praga y especialista en literatura comparada, publicó un libro en donde intenta revelar que el conocimiento de la obra de Kafka está mediado por una buena cantidad de datos falsificados. Propone un acercamiento a Kafka a partir del rechazo a la mirada mecánica que se posó durante los últimos cincuenta años sobre la obra del autor de El castillo. Decir “mirada mecánica” implica desechar muchas cuestiones que dábamos por sentadas alrededor de la obra de Kafka. Hagamos un poco de memoria: ¿cómo nos llega la literatura de Kafka? Gracias a la famosa traición de su amigo Max Brod que desoyó el pedido de destrucción de todos los manuscritos. Brod se encargó de recopilar, ordenar y corregir los textos de su amigo. Pero no faltaron los que lo acusaron de modificar algunas páginas, vaya uno a saber el motivo puntual. Lo cierto es que el reconocimiento post mortem de Franz Kafka se va a extender por toda Europa y va a traspasar el continente. Hasta aquí, entonces, lo que podríamos denominar con cierta malicia “el sesgo de Brod”. Lo que no podemos dejar de reconocer es que gracias a su “traición” (ahora le puse comillas) nosotros podemos disfrutar de los libros de Kafka. Lo que Josef Cermák analiza vino un tiempo después… Cermák sostiene que los agujeros que dejó la obra de Kafka fueron cubiertos con la biografía. Quizá lo sostenga porque, en un principio, pareciera que fuese más sencillo reconstruir una biografía que un texto. Y para Cermák esas lagunas fueron tapadas con grandes engaños, y se centra en dos mistificadores: Michal Mares y Gustav Janouch. Ambos conocieron efectivamente a Kafka, pero Cermák se empeña en demostrar que no fue del modo profundo que ellos pretenden. Mares sostiene que, gracias a sus invitaciones, Kafka participaba en mítines anarquistas. La insistencia por convencernos es tan fuerte como la insistencia de Cermák para desenmascararlo. Cermák llega al punto de buscar datos policiales sobre la vida de Kafka: consigue cuatro certificados de buena conducta del escritor de El proceso y, por transitividad, anula el postulado de ideales libertarios que nos ofrece Mares. No sólo eso, nos enteramos otras dos cosas: Mares era un escritor mediocre y, por otro lado, tuvo una vida apasionante. Cermák, en un correcto afán de verosimilitud, refiere ambas cuestiones. En cuanto a Gustav Janouch el asunto es más delicado: Janouch fue la fuente de partida para casi cualquier investigación sobre Kafka. Sin ir más lejos, Marthe Robert, una de las más destacadas kafkólogas, utilizó algunas citas del libro Conversaciones con Kafka (1951), de Janouch, para su inconseguible Kafka (Editorial Paidos, 1969). Cermák nos cuenta que Janouch era, en cierto modo, una persona desmedida: en la primera versión del libro que reproduce sus diálogos con Kafka hay unas ciento treinta charlas. Tiempo después, a instancias de un nuevo contrato con la editorial, amplía el número a doscientas. Los setenta diálogos que se anexaron eran más jugosos que los anteriores y triplicaron el volumen del libro. Lo que más le llama la atención a Josef Cermák es la memoria de Janouch para reproducir los diálogos con tanta precisión: dice que hubiera necesitado de un magnetófono para que eso pueda suceder. Cermák marca una diferencia entre Mares y Janouch: el talento en la prosa del segundo. Y lo podemos corroborar porque se reproducen unas cuantas conversaciones en donde vemos brillar su ingenio. Dice Cermák que Janouch “siempre prestó atención a la apariencia de verosimilitud, al tiempo que procuraba que sus afirmaciones fueran imposibles de verificar”. En una palabra, Janouch escribía dentro de las lagunas de la vida de Kafka. Franz Kafka, ficciones y mistificaciones es un libro que ejerce el libre albedrío de la sospecha. Con prólogo sugerente de María Kodama, en donde traza un paralelismo entre las obras de Kafka y Borges en cuanto a cierto “vampirismo” del que son objeto, se busca legitimar por estas latitudes a un ensayista checo que nos es completamente desconocido. Franz Kafka, ficciones y mistificaciones es un libro que pretende cierta rigurosidad investigativa, llevar luz hacia una problemática irresuelta de la literatura del siglo XX y desenmascarar impostores. Cermák lo hace indudablemente con una prosa atrapante, llevadera, convincente. Pero… ¿la finalidad de Josef Cermak no será la misma que él denuncia en Mares y Janouch? ¿Será la fama? Permítame sospechar a mí también.

miércoles, 16 de marzo de 2011

De los adivinos mitológicos al siglo XX

Jorge Aloy

Refiere la mitología griega que Tiresias, en cierta oportunidad, intervino al ver a dos serpientes en cópula. Distintas versiones dicen que las separó o las hirió o mató a la hembra. Esta confusa intervención le valió un cambio de sexo: se convirtió en mujer. Siete años después se entrometió en una situación similar y recuperó su sexo original. Tiresias, como podemos imaginar, se hizo célebre por conocer los secretos de los dos sexos. Entonces Zeus, el más grande de los dioses del Olimpo, lo convocó para dirimir una discusión con Hera, su esposa. Deseaban saber si era el hombre o la mujer quién sentía mayor placer en el amor. Según el multicitado Diccionario de Mitología Griega y Romana de Pierre Grimal, Tiresias respondió que “si el goce del amor se componía de diez partes, la mujer se quedaba con nueve, y el hombre, con una sola”. Enfurecida ante tal revelación, Hera dejó ciego a Tiresias. Para compensarlo, Zeus le otorgó el don del vaticinio, además de darle una larga vida.
Grimal nos recuerda, además, que Tiresias tanto para la poesía helenística como para la romana, es el “adivino universal” de Tebas.
En el siglo XX, los dictadores también buscaron a sus hechiceros. Hitler, en 1935, tenía a su propio adivino. Se llamaba Eric Jan Nauseen. Hitler seguía al pie de la letra a las indicaciones de su vidente. Jan Nauseen dentro del régimen tenía reservado un lugar privilegiado, pero no poco peligroso. Los colaboradores del dictador insistían en que el adivino era judío. Hitler dejó de lado por un momento su superstición y lo envió a un campo de concentración. En poco tiempo Jan Nauseen fue fusilado.
Inmediatamente Hitler solicitó un reemplazante. El nuevo adivino se llamaba Kraft, pero la paranoia de los nazis se imponía sobre cualquier anuncio sobrenatural. Kraft también fue asesinado. Esta vez la elección recayó en la cámara de gas.
Dejamos para otros el estudio sobre el arte de la adivinación y su inherencia
al ser humano. Lo cierto es que los griegos vivieron pendientes de los mensajes de los oráculos. La modernidad reemplazó a la pitonisa por un médium. Recordemos que la pitonisa era poseída por un dios para hablar a través de su boca.
Volvamos a Tiresias. Zeus le permitió conservar su arte aún después de muerto. En el Canto XI de la Odisea, Odiseo (Ulises) desciende al mundo subterráneo de los muertos. Su finalidad era consultarle al adivino sobre su destino. El héroe llevaba ya mucho tiempo intentando el regreso a su patria y necesitaba las indicaciones de Tiresias. Finalmente el retorno al hogar se produjo de acuerdo a los pronósticos del vidente.
Lo último: Tiresias tuvo la suerte de no ser del siglo XX y caer en manos de algún dictador. Y Zeus demostró de qué manera debe actuar un dios.

martes, 1 de marzo de 2011

¿Libros de verano? No. Verdades de Perogrullo (III)

Jorge Aloy
Continuamos con unos breves comentarios de libros conocidos, aprovechando el verano para decir verdades de Perogrullo. Disfrutemos, entonces, esta última entrada estival.

La bestia debe morir (1938). Nicholas Blake.
El poeta y dramaturgo irlandés Cecil Day Lewis (1904-1972) escribió algunos policiales bajo el enmascaramiento del seudónimo Nicholas Blake, y uno de ellos es La bestia debe morir. Un automóvil mata al hijo de un escritor de policiales y escapa. El padre del chico, erigido en investigador, se propone encontrar al asesino a través de métodos deductivos. Con maestría absoluta, Blake consigue hacer verosímil hasta los detalles imposibles. La altura literaria que consigue alcanzar este policial está marcada por la resolución: nos plantea un problema que debemos resolver en lo más hondo de la perspectiva humana.
La bestia debe morir conserva, además de sus méritos propios, otros reconocimientos: en 1952 fue filmada en Argentina por Román Viñoly Barreto, con la actuación protagónica de Narciso Ibáñez Menta. Pero no es todo, en 1969 también la filmó en Francia Claude Chabrol. Sólo resta agregar que en 1945 la editorial Emecé al lanzar la colección El séptimo círculo, dirigida por Bioy Casares y Borges, publicó a esta magnífica novela con el número uno.

Catedral (1983). Raymond Carver.
¿Qué no se dijo en los últimos años sobre Raymond Carver (1939-1988)? ¿Alguna vez a alguien se le ocurrió decir que es el Chejov norteamericano?
Hace muy poco tiempo se editaron algunos cuentos de Carver antes de
que pasen por la mano del editor. Mucho se dijo también de su editor Gordon Lish: que retocaba los cuentos, cambiaba finales, etc. Creo que muchos creen que los escritores geniales son considerados geniales también por sus editores. Debemos tener en cuenta que en algunos lugares, aún, sobreviven editores que saben de literatura y no sólo de marketing. Cabe recordar que a William Faulkner de modo permanente su editor le corregía implacablemente sus originales, y no sólo eso, muchas veces los rechazaba (uno de ellos es el cuento llamado “Nieve”). Así funciona parte del mundo editorial.
Catedral reúne doce relatos cargados de tensión. Carver sabe involucrar al lector en lo que él quiere y desde la primera línea. Los relatos “La casa de Chef”, “Parece una tontería” y “Catedral” quedan impregnados en la memoria de quien los absorba.

La naranja mecánica (1962). Anthony Burgess.
Alex, Pete, Georgie y el Lerdo hablan nadsat, un argot mezcla de inglés y ruso. El nadsat, en boca de estos adolescentes, funciona como un ingrediente a la caracterización de la violencia que enmarca La naranja mecánica. La violencia de la sociedad británica luce exasperante, paradójica y ridícula en sí misma. Alex, a la sazón el protagonista, es atrapado después de cometer un crimen con su banda. Encarcelado ya, es tratado con una cura experimental cuyos resultados lo van a dejar convertido en una persona destruida. A partir de este momento surgen algunos planteos éticos (pero no morales) en el contexto de la trama.
En 1971 Stanley
Kubrick la llevó al cine, pero Anthony Burgess quedó muy disgustado: a la película le faltaba el último capítulo. Sucedió que Kubrich, inexplicablemente, tomó la versión tal como se había publicado la novela en Norteamérica, sin el capítulo 21. Burgess, en ocasión de presentar la edición completa en EE.UU., sostuvo que tan sólo al 0,00000001 de la población americana le importa esas cuestiones.
Más de un lector desfalleció ante el fatigoso trabajo de atravesar la lectura del nadsat (cualquier edición trae un glosario), otros lo disfrutaron. Viene a colación el cierre que dio Anthony Burgess al prólogo de 1986: “Coman esta porción dulce o escúpanla. Son libres”.

martes, 15 de febrero de 2011

Incipit XXI (Cuentos)

El duque del Pergamino, marqués de Numancia, conde de Peñasarriba, consejero de ferrocarriles de vía ancha y de vía estrecha, ex ministro de Estado y de Ultramar... está que bufa y coge el cielo... raso del coche de primera con las manos; y a su juicio tiene razón que le sobra. Figúrense ustedes que él viene desde Madrid solo, tumbado cuan largo es en un reservado, con que ha tenido que contentarse, porque no hubo a su disposición, por torpeza de los empleados, ni coche-cama, ni cosa parecida. Y ahora, a lo mejor del sueño, a media noche, en mitad de Castilla, le abren la puerta de su departamento y le piden mil perdones... porque tiene que admitir la compañía de dos viajeros nada menos: una señora enlutada, cubierta con un velo espeso, y un teniente de artillería.
(En el tren. Leopoldo Alas Clarín)

Cuando murió la señorita Emilia Grierson, casi toda la ciudad asistió a su funeral; los hombres, con esa especie de respetuosa devoción ante un monumento que desaparece; las mu­jeres, en su mayoría, animadas de un sentimiento de curiosidad por ver por dentro la casa en la que nadie había entrado en los últimos diez años, salvo un viejo sirviente, que hacía de cocinero y jardinero a la vez.
(Una rosa para Emilia. William Faulkner)

Corrió la voz de que por el malecón se había visto pasear a un nuevo personaje: La dama del perrito.
Dmitrii Dmitrich Gurov, residente en Yalta hacía dos semanas y habituado ya a aquella vida, empezaba también a interesarse por las caras nuevas. Desde el pabellón Verne, en que solía sentarse, veía pasar a una dama joven, de mediana estatura, rubia y tocada con una boina. Tras ella corría un blanco lulú.
Después, varias veces al día, se la encontraba en el parque y en los jardinillos públicos. Paseaba sola, llevaba siempre la misma boina y se acompañaba del blanco lulú. Nadie sabía quién era y todos la llamaban La dama del perrito.
(La dama del perrito. Antón Chéjov)

¿Hay que contar algo? ¿Aunque no sepa nada? Bueno, en este caso, voy a contar algo. Una vez -de esto hace ya dos años- estuve presente en un accidente ferroviario. Todos sus pormenores parecen estar ante mis ojos.
No fue un accidente de primera categoría, uno de estos clásicos “acordeones” con “docenas de personas desfiguradas” entre los hierros, etc., etc. No. Sin embargo, fue un accidente ferroviario auténtico, con todos sus requisitos circunstanciales, y, por añadidura, durante la noche. No todos han vivido un suceso como éste, y por esto quiero contarlo lo mejor posible.
(Accidente ferroviario, Thomas Mann)

No creo que haya sido un sastre.
Ante el juez, dijo: "quiero ir a la cárcel, señor, en ninguna otra parte me siento mej
or. Mi madre ha muerto, perdí a mis amigos; ah, nunca fui tan agresivo con mi madre como debería haber sido. ¿Qué valor tiene la vida? Téngame lástima. Téngame lástima, señor Juez, enciérreme para siempre. Si lo hace, yo sería feliz; allí podría trabajar como sastre, no necesitaré salir al mundo. El juez, sin embargo, no se conmovió: lo sentenció a una semana de arresto.
El condenado protestó pidiendo la revisión de su proceso, porque la sentencia le parecía demasiado breve.
(El sastre, Robert Musil)

martes, 1 de febrero de 2011

¿Libros de verano? No. Verdades de Perogrullo (II)

Jorge Aloy

Continuamos con unas breves reseñas de los libros que en algún momento El perro leyó con rabioso fervor, y que los creía "obvios" como para mencionarlos. So pretexto del verano hoy seguimos presentando algunas novelas con brevísimos comentarios. No es preciso aclarar más sobre verdades de Perogrullo.

Los tipos duros no bailan (1984). Norman Mailer.

Tim Madden es un escritor desconocido, y un hombre abandonado por su mujer a tan sólo veinticuatro días del momento en que comienza el relato. Madden no recuerda qué sucedió, precisamente, ese día número veinticuatro. Se despertó con resaca y amnesia absoluta, pero decidió que lo necesario debía ser recordar. Comenzó a reconstruir el día: supo cuál fue el bar al que asistió, con quién estuvo, el momento en el que se acostó. Pero había un hueco en el recuerdo ¿qué había sucedido? Imposible recordar. Una llamada telefónica va a complicarle el panorama, y va a dar el marco necesario para que la historia crezca con fuerza brutal.
No en vano Los tipos duros no bailan es un clásico de la novela norteamericana del siglo XX. Solapadamente conviven en ella el consumo de drogas y alcohol, los policías corruptos y los asesinatos. Tim Madden no recuerda qué pasó aquel día 24 y se verá más complicado, aún más, cuando aparezca la cabeza de una rubia que, supuestamente, él mató. ¿Puede un hombre esforzar su memoria para recordar si es o no es el asesino?
El ambiente de la novela es el ambiente típico de la novela de Norteamérica, un mundo que, aún repleto de situaciones humorísticas, siempre está en permanente amenaza de eclosión.

Groucho y yo (1959). Groucho Marx.

“Aunque es del dominio público, creo que puedo anunciar que nací a muy temprana edad. Antes de tener tiempo para lamentarlo, había alcanzado los cuatro años y medio. Ahora que nos ocupamos de las edades, olvidémoslo. Carece de importancia. Lo que importa, sin embargo, es saber si este libro será comprado por suficientes personas para justificar el derroche del resto de mi vitalidad, rápidamente decreciente, que he gastado para escribirlo”.
Groucho es aquel tipo que se ríe de sí mismo, todo el tiempo. Recuerda los negocios que se perdió, su ambición desmedida por el dinero, las mujeres que lo ignoraron, su inserción en el mundo teatral y sus películas eternas. Groucho domina la palabra con un don maravilloso. En Groucho y yo, su primer libro, su autobiografía, encontramos la mayoría de las frases suyas que circulan por el mundo. Aquí tenemos la posibilidad de encuadrarlas en su contexto.
El ingenio de Groucho vale por mil. A nadie le interesa si lo que cuenta ocurrió realmente. Lo cierto es que sus anécdotas nos convencen de lo que dijo su amigo Charles Chaplin: "La vida es demasiado importante como para tomársela en serio”.

Respiración artificial (1980). Ricardo Piglia.

No hay nada nuevo u original para agregar sobre esta novela, obra fundamental de la literatura argentina. Novela que trata de desencuentros en todos los ámbitos: el sociológico, el político e, inclusive, el literario. Por lo tanto, hay una búsqueda, o varias búsquedas centradas en una sola, y está a cargo de Emilio Renzi.
En Respiración artificial, vale la pena destacar, no importa si se revela algún enigma, lo que verdaderamente perdura es el trayecto que recorre la narración.
Muchas veces se dijo que Respiración artificial es una novela de tesis. Nosotros, tan sólo, podemos afirmar que las historias dentro de la historia, los juegos temporales y los diálogos ingeniosos hacen de esta obra una pieza que merece la eternidad.
Como detalle final es de destacar el planteamiento que propone la novela acerca de Hitler y su influencia en la literatura de Kafka. Es una pesadilla monstruosa.

sábado, 15 de enero de 2011

Ley Tuñón

Daniel Goñi

Decir abril del 77 es para mí hacer memoria y recalar en el bar “El Parque”, de Caseros y Rioja, en Parque Patricios.
Allí, ginebras y charlas altisonantes con el mozo de por medio, esperaba yo por mi desencontrado amor otoñal, disperso y esquivo entre infinidad de horarios cruzados, geografía distante y recurrentes lecturas de Raúl González Tuñón (*) mechadas con apuntes de Derecho Penal, Finanzas y Derecho Tributario.
Es que era un tiempo muerto. De esperas. De una mujer, de la demorada baja de la colimba, de la llegada de la adultez.
Que otra vez usted por aquí, que tarda y no viene eh…, que una ginebra por favor con hielo, que usted siempre con libros. Caseros y Rioja, barrio sur, asfalto salpicado de gasoil, aroma de pizzería, billar y murmullo de gente.
Argentina le había ganado un amistoso a Hungría en La Bombonera unas semanas atrás y debutado con la celeste y blanca un pibe de Fiorito, de 16 años, que venía de Argentinos Juniors. El tiempo develaría después que, también por esos días, los milicos habían secuestrado en una emboscada a Rodolfo Walsh en San Juan y Entre Ríos, luego de que éste les escupiese la verdad a la cara por medio de la consabida carta.
“Juancito caminador” y “La luna con gatillo” son de lo que más llevo asociado de Tuñón, no ya tanto con ese tiempo sino con esa esquina, con ese barrio, esas mesas y aquellas cuadras adoquinadas en las que se recortaba, a veces, la figura grácil de Raquel cuando salía del laburo y venía a trasluz a mi encuentro, por fin.
Esa pregnancia entre las palabras y los lugares es lo que me mueve a intentar esta reflexión. Y también la probable conexión entre determinados recintos de la ciudad y los otros, los internos, ese paisaje inasible que, arbitrario y desfigurado, nos toma por asalto a veces en nombre de lo que no sabemos.
Y yo ante aquella mesa ajada y grasienta, junto al ventanal del bar. Sobre Caseros, de cara a la estatua de Monteagudo quien, testigo silencioso, desde enfrente, con el brazo en alto, señorial y displicente, parecía, con la perspectiva de hoy, regalarme un contundente fuck you burlón, casi en un paso de baile. Por entonces, un corte de manga.
Raquel trabajaba en el lavadero Apolo, sobre Brasil, a unas cinco cuadras por Rioja. Estaba terminando 5° año en una nocturna y los encuentros devenían cada vez más difíciles.
Yo salía de la facultad, tomaba el 118 en Las Heras y Pueyrredón y, ya en el barrio, dejaba avisado en la casa de su tía, detrás de la sede de Huracán, sobre la calle Rondeau, que la esperaba en el bar. Y así. Era el trato.
Como era el trato con el lugar, con esas fugaces semanas de ansiedad, frío y espera, saludado por la poesía de González Tuñón, pie y leño amigo en ese tiempo anodino y sórdido, en que drenaban en mí las últimas gotas de entusiasmo por una carrera que me aburría, en un ambiente de claustros desolados y perdido en una nevisca paranoide y lavada.
Yo había accedido a Tuñón en el 73, de la mano de mi profesora de Literatura del secundario, Noemí Rizzo, pero recién años después descubrí lo prendado que había quedado de aquel viajante incansable, quien desde sus poemas me acompañaba a mitigar la reiterada espera. Así como navega hoy, aquí y ahora, desde las palabras que repican e insisten:

“Es preciso que nos entendamos.

Yo hablo de algo seguro y de algo posible.

Seguro es que todos coman

y vivan dignamente

y es posible saber algún día

muchas cosas que hoy ignoramos.

Entonces, es necesario que esto cambie…”

Queman, como la Bols de un saque en la violácea luz de la tarde del 77 en Patricios, sobre las mesas de “El Parque”, o como aquella Cubana Sello Verde con hielo en mi garganta lijada de espera, perdida y en tanteos ciegos hacia adelante, como fuere, tras algo brumoso llamado futuro.
Decir abril del 77 es decir ahora, entonces y mañana, es graffitar presuroso con la yuta en los talones la palabra siempre desde sus agujeros, relieves, curvas y profundidades no señalizadas, allá en “El Parque” de Caseros y Rioja como en las cercanías hoy del terraplén del Roca, en los confines de un granizar de plomos asesinos sobre la joven e invicta simiente de lo surgente.

“Subiré al cielo,

le pondré gatillo a la luna

y desde arriba fusilaré al mundo,

suavemente,para que esto cambie de una vez”.

La belleza encandila, ilumina y quema.
Es Ley Tuñón.
Salud a la cofradía…!

(*) Raúl González Tuñón: Buenos Aires, 29 de marzo de 1905 – 14 de agosto de 1974. poeta, periodista y viajero argentino.

sábado, 1 de enero de 2011

¿Libros de verano? No. Verdades de Perogrullo (I)

Jorge Aloy

Muchas veces el Perro prefirió no comentar algunos libros porque creía que ya estaban instalados en el conocimiento popular. Yerro. Parece que no existen libros que conozcamos todos. Así que vamos a revelar algunos huesos que el Perro atesora y creía obvios (¿cuáles son tus obvios?). El verano es un pretexto para hacer reseñas breves, porque un libro es de verano sólo si se lo lee en verano. Y la reseña es breve porque ya no queda nada por decir acerca de una verdad de Perogrullo.

La conjura de los necios (196…). John Kennedy Toole.

¿Cómo es la tragedia en el siglo XX? El memorable Ignatius J. Reilly dice que "el siglo XX es un siglo carente de teología y geometría"… y lo es tanto como el periplo que debió padecer esta novela antes de llegar a la imprenta. J. K. Toole, decepcionado ante la falta de interés por su obra, prefirió quitarse la vida antes que seguir peregrinando con el manuscrito bajo el brazo. Por suerte su madre no se rindió y siete años después del suicidio, en 1976, consiguió que el escritor Walker Percy lea la novela y se entusiasme inmediatamente.
La conjura de los necios es la novela más delirante de la literatura contemporánea norteamericana, o quizá deba decir, tan sólo, de la literatuta contemporánea. Sus diálogos son de un realismo no forzado, y las caracterizaciones no se tiñen de exageración grosera. Por momentos admiramos a Ignatius, y por momentos lo detestamos. A no olvidar: novela imprescindible.
Las aventuras de un cadáver (1888). Robert Louis Stevenson.
Quizá sea un improperio comentar una novela de Stevenson cuando ya se dijo casi todo sobre su obra. Me disculpo por las dudas, pero esta novela es quizá la menos conocida del famoso autor de El extraño caso del Dr. Jeckill y Mr. Hyde (1886). En castellano, depende la edición, puede aparecer con el nombre con que la mencionamos o como El muerto vivo o Paseando el muerto o La caja equivocada. El nombre correcto debe ser este último, ya que el original es The Wrong Box.
Es una comedia de equivocaciones donde el tema principal es el cambio involuntario de un cadáver por otro. Encontrar el cadáver correcto no lleva la urgencia del afecto, sino el cobro de una suma económica que disputan dos hermanos. Como colofón, el ambiente victoriano hace más patética la situación. El humor y la perfección de los detalles lograron que Las aventuras de un cadáver nunca haya sido superada por ninguna de las cientos de novelas escritas y películas filmadas sobre este tema.

El largo adiós (1953). Raymond Chandler.

Es la novela cumbre del policial negro. Chandler escribió siete novelas con Philip Marlowe como protagonista. Los fanáticos del género devoraron las siete, incluso más: devoraron la inconclusa Poodle Springs.
Muchos dicen que en sus inicios Raymond Chandler intentaba imitar a Dashiell Hammett. Por suerte le salió mal y dio forma a un estilo rápido e irónico.
En El largos Adiós se encuentran todos los tópicos que este tipo de policial puede entregar, pero nada es forzado. Marlowe estudia las partidas de ajedrez del gran Capablanca, vive en una casa lamentable, tiene una oficina mísera y los policías lo golpean tanto como lo hacen los maleantes de oficio. El modo en que Chandler dosifica estos clichés dentro de la trama es magistral: hace que nos conduzca hacia un camino unívoco, donde el antihéroe se transforma en verdadero héroe de una sociedad en ruinas. Un milagro.
Leyendo El largo adiós estamos leyendo a todas las novelas negras.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Incipit XX (Cuentos)

Chejov. La noche del 22 de marzo de 1897, en Moscú, salió a cenar con su amigo y confidente Alexei Suvorin. Suvorin, editor y magnate de la prensa, era un reaccionario, un hombre hecho a sí mismo cuyo padre había sido soldado raso en Borodino. Al igual que Chejov, era nieto de un siervo. Tenían eso en común: sangre campesina en las venas. Pero tanto política como temperamentalmente se hallaban en las antípodas. Suvorin, sin embargo, era uno de los escasos íntimos de Chejov, y Chejov gustaba de su compañía.
(Tres rosas amarillas. Raymond Carver)

En marzo, el día 25, sucedió en San Petersburgo un hecho de lo más insólito. El barbero Iván Yákovlevich, domiciliado en la Avenida Voznesenski (su apellido no ha llegado hasta
nosotros y ni siquiera figura en el rótulo de la barbería, donde sólo aparece un caballero con la cara enjabonada y el aviso de «También se hacen sangrías»), el barbero Iván Yákovlevich se despertó bastante temprano y notó que olía a pan caliente. Al incorporarse un poco en el lecho vio que su esposa, señora muy respetable y gran amante del café, estaba sacando del horno unos panecillos recién cocidos.
-Hoy no tomaré café, Praskovia Osipovna -anunció Iván Yákovlevich-. Lo que sí me apetece es un panecillo caliente con cebolla.
(La verdad es que a Iván Yákovlevich le apetecían ambas cosas, pero sabía que era totalmente imposible pedir las dos a la vez, pues a Praskovia Osipovna no le gustaban nada tales caprichos.) «Que coma pan, el muy estúpido. Mejor para mí: así sobrará una taza de café», pensó la esposa. Y arrojó un panecillo sobre la mesa.
(La nariz. Nicolai Gogol)

Tan sólo el alba se movía en la quietud de aquel pequeño patio de la prisión española -un alba anunciadora de muerte- mientras aquel joven gubernamental se erguía frente a un piquete de Ejecución. Los preliminares habían terminado. El grupito de las autoridades se había situado a un lado para asistir a la ejecución y ahora la escena se cuajaba en un penoso silencio.
Desde el primero hasta el último, los rebeldes habían conservado la esperanza de que su Estado Mayor enviaría la orden para sobreseer la ejecución. Pues el condenado era adversario de su causa, pero había sido popular en España. Era un brillante escritor humorístico que había sabido
regocijar ampliamente a sus compatriotas.
(Ritmo. Charles Chaplin)

Tan pronto como hube terminado mis estudios, mis padres consideraron útil hacerme comparecer ante una mesa cubierta de paño verde y rematada por bustos de viejos señores que se preocuparon por saber si yo había aprendido suficientes lenguas muertas como para ser promovido al grado de bachiller. La prueba fue satisfactoria. En una cena a la que toda mi parentela fue invitada, celebraron mis éxitos, se inquietaron acerca de mi porvenir y resolvieron, por fin, que yo estudiaría derecho.
(Con el petate a cuestas. Joris-Karl Huysmans)

Conocí a un chico, fallecido el año pasado, cuya vida fue un prolongado martirio. Desde que tuvo uso de razón, Claude se había hecho este razonamiento: «El plan de mi existencia está trazado. No tengo más que aceptar las ventajas de mi tiempo. Para marchar con el progreso y vivir totalmente feliz, me bastará con leer los periódicos y los carteles publicitarios, mañana y tarde, y hacer exactamente lo que esos soberanos guías me aconsejen. En ello radica la verdadera sabiduría, la única felicidad posible». A partir de aquel día, Claude adoptó los anuncios de los periódicos y de los carteles como código de vida. Éstos se convirtieron en el guía infalible que le ayudaba a decidirlo todo; no compró nada, no emprendió nada que no le hubiera sido recomendado por la voz de la publicidad. Así fue como el desventurado vivió en un auténtico infierno.
(Una víctima de la publicidad. Emile Zola)

miércoles, 1 de diciembre de 2010

¿Folletín televisivo?

Irene Farias

El folletín nació a mediados del siglo XIX con la aparición de una novela de Eugène Sue titulada Los misterios de París que se publicaba por entregas en un diario parisino. Su éxito fue muy grande
. Se había creado una estrategia de lectura cuyo rasgo principal era la brevedad de un argumento que generaba intrigas y sembraba un misterio que sería develado en la siguiente edición.
El género fue bastante discutido por los críticos literarios. Algunos lo consideraron menor debido a su estructura y a sus personajes y temáticas sensibleros. Otros, en cambio, le reconocieron la virtud de captar la atención de un lector que se identificaba con sus protagonistas.
De esta manera, la novela en “dosis” trajo grandes ventajas al mundo editorial: los diarios ganaron muchos adeptos puesto que los lectores de prensa se convirtieron en lectores de literatura y viceversa. A mayor cantidad de público, mayores dividendos logrados. De este modo, el género se convirtió en una herramienta para aumentar la venta de los periódicos y también para dar a conocer a nuevos escritores.
En nuestro país, en el medio televisivo, se está dando un fenómeno que comparte algunas características de las nombradas. Todas las noches, una gran masa de audiencia asiste a un espectáculo cuyos protagonistas generan situaciones de enredos, “dimes y diretes”, agresiones verbales, y dejan sin resolver cuestiones de enfrentamientos personales cuyo desenlace quizá suceda a la noche siguiente, en la próxima edición del programa. Al igual que la novela en entregas, si bien no deja instalada una intriga o crea una instancia de suspenso, sí, crea expectativas que invitan (o “enganchan”) al telespectador a volver a presenciar el espectáculo el que de manera cíclica volverá a repetir la misma fórmula-estímulo a un público que seguirá respondiendo de la misma manera, en actitud recurrente.
Así como el folletín generó atractivas ganancias a las editoriales de prensa en su época de surgimiento, este tipo de formato audiovisual también genera incalculables dividendos a las empresas que lo ponen al aire. El folletín promovió a escritores desconocidos; el actual formato permite sacar del anonimato a figuras de escasa o pobre trayectoria. El suspenso que generaba el primero circulaba en el “boca a boca” de los lectores, fomentaba su avidez por conseguir una siguiente edición, y su contenido ficcional se perpetuaba en la esfera de la literatura; el segundo, como estrategia para abarcar mayor audiencia, se difunde y circula en múltiples emisiones de muchos otros programas que lo repiten de manera especular. Pero no logra perpetuarse: su existencia es fugaz y efímera, sólo dura hasta la siguiente emisión y su único anclaje es el olvido.