jueves, 15 de diciembre de 2011

Lecturas para el metro

Por: C. Luisa Ugueto (*)
En la mayoría de las ciudades del mundo, el metro es uno de los medios de transporte más concurridos. Te empujan en el metro, te aplastan en el metro, a veces, con suerte vas cómodo, sentado, leyendo un buen libro si tu parada es lejana, pero también si solamente esperas llegar a tu destino en la próxima estación. Leer en el metro, incluso de pie, es una de las mejores decisiones que puedes tomar, te permite redituar tu tiempo, usarlo para “algo”. No digo que el silencio o la música no sean una posibilidad mientras avanza tu vagón, digo que leer suma puntos, vida y alegría. He aquí dos libros que te permitirán experimentar sensaciones si te unes a los lectores rodantes del mundo. Enjoy!

Cortos / Alberto Fuguet

El cine y la literatura tiene algo en común: las historias, la necesidad de contar historias, de mostrar a través de situaciones imaginarias el mundo que nos rodea. Los cuentos de Cortos de Alberto Fuguet iban a ser cine, pero todo el mundo sabe que antes de ser cine una película es guión, esta escrita en papel con todo su universo plasmado en letras antes que en imágenes. El cineasta y escritor chileno en estos cuentos de una extensión limitada, tal como lo devela el titulo del libro, nos narra la vida de personajes diversos.
“Si uno es capaz de conquistar la soledad, es capaz de conquistarlo todo. De eso es lo que uno huye, eso es lo que uno teme” dice Simón en "Road Story", uno de los cuentos mas logrados de estas ocho historias cotidianas que te aproximaran a una narración visual como si se trataran de cortometrajes.

Todos los fuegos, el fuego / Julio Cortázar

Los cuentos de Todos los fuegos, el fuego, son ocasionalmente tan reales que dan miedo. He estado en La autopista del sur muchas veces. Es imposible no haber estado en ella viviendo a una hora de la ciudad, en las afueras, en las que en Venezuela se llaman ciudades dormitorio, donde solo puedes vivir realmente, los fines de semana. De resto debes trasladarte a la gran ciudad, lo cual te hace permanecer paralizado en colas eternas, como esa del cuento de Cortázar.
"La salud de los enfermos", es un cuento sobre el amor, sobre como el amor puede valerse de la mentira para sobrevivir, "La señorita Cora", fue el primer cuento que leí de Cortázar, "Reunión", "Todos los fuegos el fuego" y el resto de los relatos del libro son un eco del mundo fantástico del escritor, ese donde decía vivir cotidianamente y en el cual nos permitió adentrarnos a través de sus libros, para darnos cuenta que la fantasía se vislumbra, a veces, mucho más con los ojos abiertos que en los sueños.

(*) C. Luisa Ugueto es Licenciada en Letras por la Unversidad Central de Venezuela. Vive en La Guaira, Estado de Vargas y escribió en exclusiva para El perro elocuente esta nota. Además es crítica de cine y podemos leerla habitualmente en http://elproyectordedonnie.blogspot.com/ (o clickear en nuestra lista de blogs amigos y afines).

jueves, 1 de diciembre de 2011

Ocho reglas para escribir ficción. Kurt Vonnegut

De Bagombo Snuff Box: Uncollected Short Fiction tomamos este breve "decálogo" que nos legara el viejo zorro.

Por si quedan dudas en el punto 1, en el original en inglés dice "Use the time of a total stranger in such a way that he or she will not feel the time was wasted". Por "el tiempo de un total extraño" suponemos que se refiere al "tiempo de otro". En el caso de la ficción, a un personaje.

Recordemos que Kurt Vonnegut (1922-2007) es norteamericano, publicó, entre otras novelas, Matadero cinco y Pájaro de celda, de las cuales ya hemos hablado.


1. Usa el tiempo de un total extraño de tal forma de que él o ella no sentirá que lo desperdició.


2. Dale al lector al menos un personaje con el que él o ella pueda identificarse.


3. Cada personaje debe desear algo, aunque sólo sea un vaso de agua.


4. Cada frase debe hacer una de estas dos cosas: revelar al personaje o avanzar en la acción.


5. Comienza tan cerca del final como sea posible.


6. Sé sádico. No importa cuán dulce e inocentes sean tu personajes, haz que les ocurran cosas atroces, para que el lector pueda ver de qué están hechos.


7. Escribe para satisfacer a una sola persona. Si abres una ventana y quieres agradarle a todo el mundo, a tu cuento le dará una neumonía.


8. Dale a tus lectores tanta información como sea posible, tan pronto como sea posible. Al diablo el suspenso. Los lectores deberían tener una comprensión tan completa de lo que está pasando, dónde y cuándo y por qué, que deberían poder terminar el cuento ellos mismos, y las polillas deberían comerse las últimas páginas.

martes, 15 de noviembre de 2011

Incipit XXVII (Cuentos)

Ursula era callada como una vaca. Ya había empezado el verano cuando yo la veía llevar su cuerpo grande por una calle estrecha. A cada paso sus pantorrillas se rozaban y las carnes le quedaban temblando. A mí me gustaba que se pareciera a una vaca. Una noche que el cielo estaba bajo y se esperaba la lluvia, un auto descargó sus focos sobre el cuerpo de Ursula. Ella dio vuelta la cabeza y enseguida corrió para un lado de la calle estrecha, parecía una vaca sacudiendo las ubres. El auto se detuvo y alguien, desde adentro, preguntó algo. Ursula contestó moviendo la cabeza, estaba rodeada del polvo que había levantado y se veía brillar las corneas de sus grandes ojos.
(Úrsula. Felisberto Hernàndez)

Al grito de «¡Cambio esposas viejas por nuevas!» el mercader recorrió las calles del pueblo arrastrando su convoy de pintados carromatos.
Las transacciones fueron muy rápidas, a base de
unos precios inexorablemente fijos. Los interesados recibieron pruebas de calidad y certificados de garantía, pero nadie pudo escoger. Las mujeres, según el comerciante, eran de veinticuatro quilates. Todas rubias y todas circasianas. Y más que rubias, doradas como candeleros.
(Parábola del trueque. Juan José Arreola)

Es mentira, dijo mi esposa. ¿Cómo puedes creer una cosa así? Ella está celosa, eso es todo. Giró la cabeza y me miró fijamente. Aún no se había quitado el sombrero ni el abrigo, y estaba ruborizada por la acusación. ¿
Me crees a mí, no? ¿Seguramente no creerás aquello?
Me encogí de hombros y le dije: ¿Por qué iba a mentir? ¿Con qué objeto? ¿Qué obtendría con ello? Me sentía incómodo, pero permanecí allí en pantuflas, abriendo y cerrando los puños, con la sensación de estar haciendo el ridículo, exhibiéndome, no obstante las circunstancias. No tengo madera para hacer el papel de inquisidor. En ese momento deseaba que nunca hubiese llegado a mis oídos, que todo pudiera ser como antes. Se supone que es amiga, amiga de los dos, comenté.
(La mentira. Raymond Carver)

Yo so
y un hombre formal y mi cerebro tiene inclinación a la filosofía. Mi profesión es la de financiero. Estoy estudiando la ciencia económica, y escribo una disertación bajo el título de El pasado y el porvenir del impuesto sobre los perros. Usted comprenderá que las mujeres, las novelas, la luna y otras tonterías por el estilo me tienen completamente sin cuidado.
(Un hombre irascible. Antón Chejov)

Era en el callejón Negro.
Esa tarde, Chaktur el hojalatero, que trabajaba en su taller en la reparación de una jarra de baño, dejó por un momento su tarea, para recogerse y pensar con calma en su vida miserable e infinita. Pero no llegó muy lejos en sus amargas reflexiones. Toda su vida estaba allí, junto a él, y podía tocarla con sus manos, de tan sombría y sucia que era, sin una pizca de sueños. Se sintió tan claramente asqueado que pensó en otra cosa.
(El peluquero que mató a su mujer. Albert Cossery)

sábado, 15 de octubre de 2011

Íncipi y éxplicit II

Fernando Terreno


He seleccionado estos comienzos por un par de razones. El primero, porque es la única novela que comienza con un explícito íncipit, en lugar de hacerlo con un prólogo o, directamente, por el capítulo 1.
El segundo, porque es uno de los que más me gustan y pertenece a un autor muy poco difundido.

1
Íncipit


¡Veciños, veciños, roubaron o Corpo Santo!

En la mañana de niebla, casi al alba, las voces estremecen el aire como trompetas. Toca odavía la campana, a la primer misa; pero su sonido es tenue, precavido, como para entrar de puntillas en las alcobas oscuras, un sonido al que se da la espalda, que se esquiva o acalla metiendo la cabeza bajo las sábanas. “Pepiño, levántate que ya son las seis y media.” Un sonido que sería impertinente si no fuera habitual; que sería íntimamente detestado si no actuara de despertador, a esa hora en que los que trabajan tienen que despertarse.

¡Veciños, veciños, roubaron o Corpo Santo!

Explicit



Coda
…
Se encogió de hombros y, riendo, derribó a Julia en el césped. Losdila maila Juliaca vestí duleia, ascolia mirteia tespedulentes, vim, hospodaslin, lailós; postaquasbam dilós, verocisten macles. Burujulalos loscita languovolsentes, astas, astas, vistigar, delinquoslaia. Cuando se levantaron, riendo todavía, pero ya un poco serios, Castroforte parecía una nube lejana, donde quizás el Rey Artús empezase a proponer al pueblo la proclamación inmediata, definitiva, del Cantón Independiente, hasta que en el Reloj del Universo sonara la hora del regreso.

Gonzalo Torrente Ballester, La saga/fuga de J.B., 1972, Ediciones Destino.

2
Íncipit


Capítulo I


El coime Jerónimo Ramos era hormiga vieja. Veintiuna las cajas que él debía transportar. Las últimas, bajo los filos del sol.
Fausto Vargas, sentado en una banca, espera. Hacia la décima caja venía el descanso del coime. Uno de los empleados de Vargas le abría entonces un refresco.
-Ramos –le decía Vargas- ¿por qué no pides que te compren una carretilla?
-¿Qué me compren quienes, Vargas?
Vargas veía los ojos del viejo nublados por el calor.
-Pues Leónidas Góngora. No tienes para qué sufrir.
El coime le daba un trago a su refresco. Y Vargas:
-La mandarina es un sabor que sólo los que tienen gusto aprecian.
-Yo no distingo los sabores, Vargas –contestaba el coime.
Vargas fruncía la boca. Y luego:
-¿Qué piensas tú, Ramos? ¿Querrá tu patrón?
El coime, con otra caja ya al hombro, contestaba:
-El sábado próximo pregúnteselo usted mismo, Vargas.

Éxplicit

-¿El coime Ramos? – repitió. Una semana en la c
árcel, derrumbándose por todas partes, como casa vieja. Lo pistolero le quitó el hambre. Se murió sin volver a comer. Tampoco a ese conocí, Carmelo.
El pariente se levantó.
-Me voy –dijo-. El frío ya está otra vez aquí.
-Espere -le pidió Carmelo.
-Dígamé.
-No reclamó usted el cuerpo de Gil.
El pariente hizo una mueca.
-Quien reclama –dijo- entierra. Yo, con qué dinero, Carmelo.


Jesús Gardea, La canción de las mulas muertas, 2000, Ediciones Conaculta, México.

jueves, 15 de septiembre de 2011

"Mi caso no es"

Carlos Mamonde


(El escritor argentino Carlos Mamonde, residente en España, tuvo la deferencia de acercarnos su texto más reciente para anunciarlo en El perro elocuente).


Mi caso no es el de Franz Kafka, despertado por Dios una mañana en el callejón de la Alquimia, a orillas del Moldava, convertido en un bicho, un gran insecto, dice él…o lo dice, lo grita, ya lo dice el propio bicho porque quien debía estar pensando en ese momento en que ya se había comenzado a escupir la historia no era otro sino el bicho…en ese instante posterior a la noche, aunque aún se moviera a la sombra de la mole de San Vito en el Castillo –los dedos de la sombra bajando desleídos hacia las rampas de la vertiginosa iglesia de San Nicolás y los pasadizos inhumanos, las casas mazmorras del pobrerío de ‘Malá Strana’- tenía que ser el bicho –no un hombre- quien nos estuviera hablando… y si así entendemos la voz y sentido de tal persona -o cosa que balbucea- es porque somos bichos como ello lo es ya, en ese instante.

Esta sospecha es lo que más me hiere de ese cuento, que no releo desde hace décadas, por ese dolor que me lijaba; y porque también hace ya muchos años que han naufragado mis ilusiones literarias y ya sólo me dedico a una práctica que parece haber quedado como la única verdad sin sombras de mi identidad: me dedico a sospechar de los hombres y a matarlos –¿“asesinarlos” podría decir (sin exagerar) alguien que me mirara desde fuera de mi alma?- si me dan una perentoria orden del poder que me dice “mátalo”; con razón o sin ella.

¡Sé cuán ridículo –y esnob- suena sugerirse un perfil de asesino aficionado a la literatura…alguien que especula con los reflejos, entre bellos y perversos, de un alma poética!

Pero yo también he despertado esta mañana. (Despertar para mi, en cierto modo es una bendición; por mis largos años del potro del insomnio infernal…aunque este despertar ha sido detestable…si es que ya no es él último, el deseado).


Para seguir leyendo podés clickear en el link El cocinero inconciente o aquí: http://carlosmamonde.blogspot.com/

lunes, 15 de agosto de 2011

Incipit XXVI (Cuentos)

Un día el constructor Trurl armó una máquina que podía crear cualquier cosa cuyo nombre empezara con n. Una vez que estuvo lista, la probó, ordenándole que hiciera navajas, y después nanquines y negligés, todo lo cual hizo; luego le dijo que nivelara el conjunto de narguiles llenos de nepentes y de numerosos narcóticos más. La máquina llevó a cabo las instrucciones al pie de la letra. Pero Trurl, aún no del todo seguro de la habilidad de la máquina, le ordenó producir, uno después del otro, nimbos, nudos, núcleos, neutrones; además, nafta, narices, ninfas, náyades, y natrium. La máquina no pudo hacer esto último y Trurl, considerablemente irritado, le exigió una explicación.
(Cómo se salvó el mundo. Stanislaw Lem)

Confieso que sólo soy un simple escritor de relatos fantásticos. Desde mi más temprana infancia me he sentido subyugado por la secreta fascinación de lo desconocido y lo insólito. Los temores innominables, los sueños grotescos, las fantasías más extrañas que obsesionan nuestra mente, han tenido siempre un poderoso e inexplicable atractivo para mí. En literatura, he caminado con Poe por senderos ocultos; me he arrastrado entre las sombras con Machen; he cruzado con Baudelaire las regiones de las hórridas estrellas, o me he sumergido en las profundidades de la tierra, guiado por los relatos de la antigua ciencia. Mi escaso talento para el dibujo me obligó a intentar describir con torpes palabras los seres fantásticos que moran en mis sueños tenebrosos.
(El vampiro estelar. Robert Bloch)

El hecho de que Henry Armstrong estuviera enterrado no era motivo suficientemente convincente como para demostrarle que estaba muerto: siempre había sido un hombre difícil de persuadir. El testimonio de sus sentidos le obligaba a admitir que estaba realmente enterrado. Su posición -tendido boca arriba con las manos cruzadas sobre su estómago y atadas, que rompió fácilmente sin que se alterase la situación-, el estricto confinamiento de toda su persona, la negra oscuridad y el profundo silencio, constituían una evidencia imposible de contradecir y Armstrong lo aceptó sin perderse en cavilaciones.
(Una noche de verano. Ambrose Bierce)

La nieve cae en grandes copos, el viento sopla, el frío hace estragos. Regreso a casa deprisa, preparo el fuego, la lámpara. Espero a mi amante. Cenaremos juntos en mi casa; he encargado la cena, he comprado una botella de vino de Borgoña, una hermosa tarta con frutas en almíbar (¡es tan golosa!). Son las seis, espero. La nieve cae en grandes copos, el viento sopla, el frío hace estragos; atizo el fuego, cierro las cortinas, cojo un libro, mi viejo Villon. ¡Qué inefable delicia! Cenar en casa los dos junto al fuego. Suenan en el reloj de pared las seis y media; presto atención para comprobar si sus pasos tocan levemente la escalera. Nada, ningún ruido.
(Cobardía. Joris-Karl Huysmans)

Vanessa Pennington tenía un marido que era pobre, con pocos atenuantes, y un enamorado que, si bien era holgadamente rico, tenía el inconveniente de ser escrupuloso. Su fortuna lo hacía aceptable a los ojos de Vanessa, pero su código de honor lo impulsaba a alejarse y olvidarla, o cuando más a recordarla al hacer una pausa entre las muchas otras ocupaciones que tenía. Y aunque Alaric Clyde amaba a Vanessa y creía que la amaría por siempre, sin darse cuenta se fue dejando cortejar y conquistar por una amante más seductora: se figuraba que su continua huida del trato de los hombres era un exilio que él mismo se había impuesto, pero su corazón estaba preso en el hechizo de la naturaleza, y la naturaleza se le mostraba amable y bella.
(Tendencias encontradas. Saki)

jueves, 14 de julio de 2011

Incipit XXV (Cuentos)

El hombre se parece en muchas cosas a la mosca: a veces molesta, a veces le gusta la nata, a veces se para donde no debe y a veces lo cazan.
Pero en otras cosas, no se parece. Por ejemplo: la mosca en invierno queda como azonzada, porque la velocidad de sus reacciones orgánicas está condicionada por la temperatura exterior. Quiere decir que la mosca tiene en su cuerpo el calor. A eso se le llama termogénesis.
(El hombre, la mosca y el sobretodo. Wimpi)

Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura?
(La casa de Asterión. Jorge Luis Borges)

–Ya le he dicho que no me toque la mesa –exclamó Nikolai Evrafych–. Cada vez que me la arregla usted no puedo encontrar nada. ¿Dónde está el telegrama? ¿Dónde lo ha echado usted? Haga el favor de buscarlo. Lo mandan desde Kazan y lleva fecha de ayer.
La doncella, pálida, muy flaca, de rostro impasible, encontró unos telegramas en la papelera debajo de la mesa y sin decir palabra se los entregó al doctor. Pero eran telegramas locales, de enfermos. Luego buscaron en la sala y en la habitación de Olga Dmitrievna.
Era ya la una de la madrugada. Nikolai Evrafych sabía que su mujer no volvería pronto a casa, en todo caso no antes de las cinco. No tenía confianza en ella. Cuando tardaba en regresar, él no dormía, se desesperaba y sentía desprecio por su mujer, por la cama de ella, el espejo, la bombonera y los lirios y jacintos que alguien le enviaba todos los días y que daban a la casa el olor empalagoso de una tienda de florista.
(La esposa. Antón Chejov)

Después que volví del islote y discutí el caso en sus distintos aspectos, empecé a preguntarme si aquel hombre no me habría tomado por tonto. Pero, en lo más profundo de mi conciencia, creo que no. Sin embargo, no puedo resistirme a la influencia de las risas que ha despertado mi relato. Aquí, en tierra firme, todo parece improbable, grotesco, estúpido. Pero en el islote la confesión de ese hombre resultaba absolutamente convincente. El escenario es todo, y quizá yo deba agradecer que las circunstancias que actualmente me rodean sean tan favorables a la normalidad. Nadie aprecia más que yo el misterio de la vida; pero cuando ese misterio implica dudar de uno mismo, me resulta más agradable olvidarlo. Naturalmente, no quiero creer en esa historia.
(El misántropo. John Davys Beresford)

Estaba leyendo en el quiosco chino cuando un campanilleo tan leve que habría podido creerse un engaño del viento me hizo dejar a un lado el libro y aguardar una confirmación. Y en efecto, luego se oyó un segundo llamado, aún más incierto y menos diverso de los ruidos del campo. Salí del pabellón echando pestes contra el intruso, algún vagabundo que acudía a mendigar pan antes del viernes, día en que se lo distribuye a los pobres, cuando vi una chiquilla de ocho a diez años que en puntas de pie trataba de alcanzar el cordón para llamar por tercera vez. Había dejado, junto a ella, una maletita como las que yo solía preparar de niño, para mis viajes imaginarios, pero envuelta en una funda que a mí no se me habría ocurrido y que daba visos de autenticidad a ese vagabundeo precoz.
(Alrededores de la ausencia. Noel Devaulx)

viernes, 1 de julio de 2011

Un profesor iniciático

El profesor del deseo
1977
Título original: The Professor of Desire
Autor: Philip Roth

253 Páginas
Traductor: Ramón Buenaventura
Editorial Sudamericana (Literatura Mondadori), 2007

En una entrevista del año 2005, Philip Roth dijo: “Hablar de ‘la muerte de la novela’ es un lugar común de cuarta y, además, es mentira. Los que están muriendo en los Estados Unidos son los lectores (…). Calculemos que cada año se mueren unos 72 buenos lectores y son reemplazados por dos, y no había más de 25 mil buenos lectores en total para empezar. Esto no es un chiste. Gente joven que lea seriamente ficción, y que luego piense, casi no existe. A muchos les encantaría, lo sé, pero no tienen tiempo. La mayor parte es seducida por la pantalla más que por la hoja impresa, o tienen otras cosas que hacer que les divierten más. En unos años, los buenos lectores van a ser tan pocos que van a ser como un culto, las 150 personas en los Estados Unidos que leen Anna Karenina, por ejemplo”.
Como un conjuro a sus vaticinios, por suerte, Philip Roth sigue escribiendo novelas y deja (tiene la posibilidad de hacerlo) en manos de la editorial el asunto de la venta del libro. Si bien El profesor del deseo es de 1977, desde el 2006 Roth viene publicando una novela por año.
Philip Roth, por esta vez, deja de lado las peripecias de Nathan Zuckerman, el proverbial protagonista de sus novelas (disculpen ustedes que no diga alter ego, pero tengo mis reticencias por esa denominación). En El profesor del deseo nos muestra la vida de David Kepesh: hijo de un hotelero de montaña, admirador del hombre orquesta empleado del hotel, estudiante universitario primero, profesor de un seminario sobre Kafka después… Éstas son tan sólo las marcas que van a acompañar en la vida a David en el proceso que va desde su infancia hasta la madurez de la juventud.
Diálogos corrosivos, ménage á trois, recurrencias hacia Antón Chejov y la búsqueda de rastros perdidos en la vida de Kafka forman una unidad ineludible que da paso a las sucesivas transformaciones de David, complejizando de este modo la figura típica del héroe de las novelas de educación. David no encuentra un crecimiento lineal sino que vive en una amplia red de sucesos que, por momentos, lo superan. El trasfondo psicológico que Roth imprime a sus personajes desnuda las falencias cotidianas con que podemos encontrarnos cada día, y produce, además, un acercamiento más humano en las decisiones que deben tomar. En una palabra, David Kepesh es un personaje absolutamente humanizado, con las mismas dudas y certezas que cualquiera.
Philip Roth en El profesor del deseo nos habla de amor, de sexo, de soledad, de literatura, y confluye en la única causa posible: la vida, señero lugar donde risas y llantos conforman la felicidad. El profesor del deseo es una novela que no permite la pausa, o por la carcajada o por la reflexión.
Larga vida a la novela. Salud a los nuevos lectores.

jueves, 16 de junio de 2011

Incipit XXIV (Cuentos)

Buenas tardes, señor -dijo el viejo-, ¿qué desea?
-Señor -dijo el hombre que buscaba la salvación-, ¿tiene algo que me salve?.
El viejo dejó el lápiz encima de la boleta, lo corrió justo hasta el borde del talonario, cerró las tapas, apoyó las manos sobre el mostrador, ladeó la cabeza, y se lo quedó mirando por encima de los lentes.
El hombre ya empezaba a ponerse nervioso.
(La salvación. Isidoro Blaisten)

En una modesta pensión de la Riviera, donde residía, diez años antes
de la guerra, estalló en la mesa una violenta discusión, que, exacerbando de pronto los ánimos, estuvo a punto de degenerar en reyerta furiosa.
La mayoría de los hombres tiene escasa imaginación. Todo lo que no los afecta de inmediato y directamente, no hiere sus sentidos, cual dura y afilada cuña, casi no logra excitarlos; mas si un día ante sus ojos acontece algo insignificante, inmediatamente estallan apasionados. Entonces la apatía se convierte en frenética vehemencia.
(Veinticuatro horas en la vida de una mujer". Stefan Zweig)
Han pasado ya quince siglos desde que Cristo dijo: “No tardaré en volver. El día y la hora, nadie, ni el propio Hijo, las sabe”. Tales fueron sus palabras al des
parecer, y la Humanidad le espera siempre con la misma fe, o acaso con fe más ardiente aún que hace quince siglos. Pero el Diablo no duerme; la duda comienza a corromper a la Humanidad, a deslizarse en la tradición de los milagros. En el Norte de Germania ha nacido una herejía terrible, que, precisamente, niega los milagros. Los fieles, sin embargo, creen con más fe en ellos. Se espera a Cristo, se quiere sufrir y morir como Él... Y he aquí que la Humanidad ha rogado tanto por espacio de tantos siglos, ha gritado tanto “¡Señor, dignáos, aparecérosnos!”, que Él ha querido, en su misericordia inagotable, bajar a la tierra.
(El Gran Inquisidor. Feodor Dostoievsky)
Estimable señor:
Como he pagado a usted tranquilamente el dinero que me cobró por reparar mis zap
atos, le va a extrañar sin duda la carta que me veo precisado a dirigirle.
En un principio no me di cuenta del desastre ocurrido. Recibí mis zapatos muy contento, augurándoles una larga vida, satisfecho por la economía que acababa de realizar: por unos cuantos pesos, un nuevo par de calzado. (Éstas fueron precisamente sus palabras y puedo repetirlas.)
Pero mi entusiasmo se acabó muy pronto. Llegado a casa examiné detenidamente mis zapatos. Los encontré un poco deformes, un tanto duros y resecos. No quise conceder mayor importancia a esta metamorfosis. Soy razonable. Unos zapatos remontados tienen algo de extraño, ofrecen una nueva fisonomía, casi siempre deprimente.
(Carta a un zapatero que compuso mal unos zapatos. Juan José Arreola)
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los perso
najes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida.
(Continuidad de los parques. Julio Cortázar).

miércoles, 1 de junio de 2011

Hay buenas noticias

Noticias del paraíso
Título original: Paradise News (1991)

David Lodge
Traductor: Esteban Riambau

Editorial Anagrama (1996)
338 Páginas


David Lodge (Londres, 1935) es conocido tanto por sus libros de teoría literaria como por los de ficción. Muchos críticos lo sitúan en la misma línea estética de Tom Sharpe, pero Lodge no acumula situaciones humorísticas alrededor de algún personaje, sino que el humor en sus novelas está vinculado con los temas que trata. La literatura de Lodge se entronca en la tradición de Chaucer y Laurence Sterne.
La trama de Noticias del paraíso es muy sencilla: Bernard Walsh, un cura secularizado y profesor de teología, junto a su padre viajará a Hawai en plan de visita a su tía Úrsula, la oveja negra de la familia. La tía Úrsula, vieja y enferma, les solicitó que viajen a verla como último deseo antes de morir. La familia, en oportunas charlas, deberá revolver viejas rencillas para poder hallar algunas explicaciones a conductas pasadas. El secreto a descubrir es quién fue realmente la hoy anciana tía Úrsula que vive, vaya a saber por qué, en un lugar tan lejano. Cuando el secreto se revela queda al descubierto quién fue cada quién en los años de ausencia.
Puede parecer imposible de creer, pero sobre esta estructura David Lodge construye la más insólita aventura de humor, con los ingredientes de las novelas de aprendizaje y de aventuras. Sobre la problemática de las relaciones familiares, Bernard, de cuarenta y cinco años y virgen, va a encontrar un mundo de placeres que jamás sospechó. Acomodarse en ese nuevo mundo será análogo a acomodarse a una nueva situación familiar con revelaciones descarnadas. Lo cierto es que, habitualmente, las ovejas negras son víctimas de la opinión cobarde de una mayoría anónima que ostenta el pretendido derecho a juzgar a los demás. Y la tía Úrsula, ni más ni menos, siempre fue juzgada dentro de los cánones de la hipocresía y el machismo de una sociedad con resabios de la era victoriana.
En la novela surgen también personajes estereotipados que dan forma a una fauna casi mística llamada “turista” y que oficiarán de contrapunto de la conducta de Bernard. Y si la novela se llama Noticias del paraíso es porque debemos redefinir al paraíso, ¿será aquél celestial o éste inundado de placeres carnales?
David Lodge en su libro sobre teoría literaria El arte de la ficción dice que “Un texto puede referirse a otro de muchas maneras: mediante la parodia, el pastiche, el eco, la alusión, la cita directa, el paralelismo estructural. (…) La intertextualidad, en una palabra, está entretejida en las raíces de la novela inglesa (…)”. Hacemos esta referencia porque David Lodge permanentemente en sus novelas deja entrever los textos a los que hace alusión intertextual. Los personajes protagonistas de Noticias del paraíso son Bernard y Úrsula, sobrino y tía, ovejas negras de un rebaño obediente al mandato social y familiar. Podemos afirmar que Lodge recordaba muy bien a Graham Greene en Viajes con mi tía, donde la anciana, con gran dolor, oculta un viejo secreto que desea revelar. Esa tía, al igual que la de Lodge, se llama Úrsula y ostenta la misma sabiduría: vivió escondida para no alterar el funcionamiento de las personas “normales”. En ambas novelas, también, los sobrinos son mayores y están recién saliendo del cascarón. Religión, viajes, primeros amores, dolores y humor son los puntos dominantes en Viajes con mi tía y Noticias del paraíso. La referencia que hace David Lodge no es inocente y por momentos revivimos aquella emocionante historia. Lo cierto es que una novela potencia a la otra y el hallazgo es gratificante. Por todo esto, Noticias del paraíso es una novela fundamental en estos tiempos.